Juli Peretó

El físico Richard P. Feynman decía “lo que no puedo crear no lo comprendo”. ¿Sería válida esta afirmación para el estudio de la vida? Ese es uno de los planteamientos de la “biología sintética”, una nueva disciplina científica que tiene diversos significados. Para algunos investigadores consiste en la aplicación de los principios de la ingeniería a la materia viva, con la idea de poder diseñar nuevos procesos biológicos con aplicaciones industriales. Para otros, significa el anhelo de reconstruir en el laboratorio los primeros pasos químicos de la vida en la Tierra. Históricamente, la fabricación de vida –más allá de sus resonancias mitológicas en Prometeo o el mismo doctor Frankenstein– representa el reconocimiento explícito de que no hay una frontera insalvable entre la materia inerte y la materia viva. Y, de hecho, hace un siglo una biología sintética incipiente, incluso naíf, fue el escenario de la confrontación entre vitalistas y materialistas. De la mano de un científico experto en el origen de la vida y la biología sintética reflexionamos sobre si éste es un debate superado o si, por el contrario, aún persisten –a derecha e izquierda– posturas que sacralizan lo vivo.

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